La experiencia real fue así:
invitaciones hechas de forma improvisada, listas por separado, mensajes cruzados, registros manuales.
Guardar quién ya recibió el save the date.
Clasificar invitados.
Pensar mesas, platillos, alergias.
Ajustar el presupuesto.
Nada grave por sí solo.
Pero todo junto, al mismo tiempo, sin un solo lugar que ordene.
No era falta de amor.
Era falta de claridad.